Estoy casada con un hombre al que le apasiona la naturaleza y el aire libre. Todos los sábados si hay posibilidad cogemos unos bocatas, el termo de la peque unas mochilas y nos vamos a pasar el día al campo. La peque se lo pasa como las cabras, es peor que su padre, trepa por cualquier sitio y se pone de barro hasta las orejillas. (Tengo pendiente comprar unas botas de agua y unos pantalones de lluvia para estas ocasiones)
El sábado amaneció medio lloviendo, así que decidimos suspender la salida a la sierra, no por falta de ganas si no por falta de equipo suficiente como para llegar a casa con la Peque sin un buen trancazo.
Cambiamos rápidamente el plan y decidimos irnos al centro de Madrid a dar una vuelta. A la zona por llamarla de alguna manera, más cultural, la del Paseo del Prado.
Si habéis estado por allí sabréis que en ese paseo se encuentran varios museos, entre ellos el del Prado y el Jardín Botánico y como la cabra tira al monte, pues en menos de 10 minutos paseando acabamos en él, en el Jardín Botánico.
La entrada cuesta 2,5 por persona, y la verdad es que merece la pena. Es un sitio privilegiado. Muy tranquilo y precioso, sobretodo en esta época del año, donde cada árbol toma un color diferente. Lo dicho, un privilegio para la vista.
Se agarraba y besaba cada árbol que veía (se lo ha enseñado su papá, un poco friki, pero realmente tierno) olía cada hoja que veía.
Para hacer más redondo el día, el jardín se encontraba lleno de gatitos. La Peque gritaba y corría detrás de ellos sin parar.
¡Qué felicidad!
¡Qué buenos sábados!

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