viernes, 18 de noviembre de 2011

Su primer beso

La Peque no sabe hacer el sonido del beso. No sé por qué pero la cuesta. Cuando la pides un beso acerca su cara y dice, casi gritando, MUAAAAA. Es precioso verla y a mí se me cae la babá. Da besos porque se los pedimos o porque le decimos da un beso a Papá o da un beso a la abuela.

Pero ayer fue diferente. Me tumbé con ella para que se quedase dormida y al girarme para dar una cabezadita yo también, ella empezó a pasarme la mano por los brazos y de repente, como quien no quiere la cosa, noto su cabeza en la espalda y dice MUAAAAAA.

Fue un beso espontáneo, que ella me quiso dar. Casi se me caen las lágrimas. No sé si será pronto o tarde para darlos, no me importa.

Solo sé que me supo a Gloria.




Besitos. Buen fin de semana

viernes, 11 de noviembre de 2011

Escapadas: El Jardín Botánico

 
Estoy casada con un hombre al que le apasiona la naturaleza y el aire libre. Todos los sábados si hay posibilidad cogemos unos bocatas, el termo de la peque unas mochilas y nos vamos a pasar el día al campo. La peque se lo pasa como las cabras, es peor que su padre, trepa por cualquier sitio y se pone de barro hasta las orejillas. (Tengo pendiente comprar unas botas de agua y unos pantalones de lluvia para estas ocasiones)



El sábado amaneció medio lloviendo, así que decidimos suspender la salida a la sierra, no por falta de ganas si no por falta de equipo suficiente como para llegar a casa con la Peque sin un buen trancazo.


Cambiamos rápidamente el plan y decidimos irnos al centro de Madrid a dar una vuelta. A la zona por llamarla de alguna manera, más cultural, la del Paseo del Prado.



Si habéis estado por allí sabréis que en ese paseo se encuentran varios museos, entre ellos el del Prado y el Jardín Botánico y como la cabra tira al monte, pues en menos de 10 minutos paseando acabamos en él, en el Jardín Botánico.





La entrada cuesta 2,5 por persona, y la verdad es que merece la pena. Es un sitio privilegiado. Muy tranquilo y  precioso, sobretodo en esta época del año, donde cada árbol toma un color diferente. Lo dicho, un privilegio para la vista.

La Peque corrió todo lo que pudo y más, daba vueltas en cada fuente que veía.






Se agarraba y besaba cada árbol que veía (se lo ha enseñado su papá, un poco friki, pero realmente tierno) olía cada hoja que veía. 






Para hacer más redondo el día, el jardín se encontraba lleno de gatitos. La Peque gritaba y corría detrás de ellos sin parar.




¡Qué felicidad!



¡Qué buenos sábados!